EL EXTRAÑO (UNA ADAPTACIÓN A LA MEDIANOCHE PAMPEANA)

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La historia que están a punto de leer es el producto de dos hechos. El primero, mi pronta partida de un pueblo que ciertamente dejará su marca en mí, aunque todavía no sea capaz de verla. El segundo, la necesidad de inmortalizar a un personaje el cual, como todo miembro de nuestra especie, guarda algo de nobleza dentro suyo y, de no ser por mí, su legado se convertirá en polvo, que tarde o temprano el viento dispersará.

El relato que a continuación les espera, no es de los que me caracterizan, si se puede decir que estoy encuadrado dentro de un género (agrego esto último porque existen elevadas posibilidades de que la honorable sociedad de escritores de este país todavía no se haya enterado de mi presencia en el mundo). Sin desviarnos del tema, y para no marearlos, aclaro que se sumergirán en el irrealismo mágico, también llamado realismo no mágico, es decir vida real, aunque de seguro tenga rasgos exacerbados.

Este cuento que ya están leyendo, trata de un hombre del que no es necesario conocer su nombre, pues la esencia hace a la persona, y no la persona a la esencia. Relata las peripecias de dos que alguna vez fueron uno, un médico rural y el que aquella tarde de abril interrumpió en su consultorio. Si, ya lo ven, hoy les hablo de igual a igual, hoy no soy un intérprete ni tampoco omnipresente, hoy soy simplemente yo. Y aquel instante, al ocaso, sin variar mi escueta rutina, yo me hallaba en un hospital, en un pueblo perdido en el inmenso mar que los gauchos, esos nómadas con sus atuendos raros (hoy pasados de moda y convertidos en un cliché de la pseudo aristocracia para el día de la independencia), navegan con sus barcos, los corceles. Les estoy tratando de explicar que el doceavo día del cuarto mes del año del calendario gregoriano, yo era un náufrago más del inmenso océano llamado La Pampa.

Mientras realizaba mis tareas cotidianas, que nos van más de curar lo que el tiempo también cura, de sellar los papeles que justifican a la mayoría y que permiten a pobres ancianos, comprar o recibir gratuitamente (depende de la suerte y de la cara) medicamentos de un nefasto sistema jubilatorio al que aportaron durante toda su miserable vida. Papeles que el farmacéutico debe recortar y pegar con lo que tenga a mano para después enviar a no sé dónde de forma que le reconozcan que esa droga está cubierta ya que, si se detecta una anomalía, el encargado de la apoteca hará que el viejo regrese al nosocomio para que le hagan rehagan las cosas o, en el peor de los casos, vendrá el mismo y pondrá su mejor cara demandando profesionalismo. Señores, los estoy perdiendo, pero vivimos en una burocracia, que nos pierde y nos zarandea día a día, cuando originalmente era una mera forma de organizarse. Culpen  a los soviéticos.

Ese día, entre sellos y mocos, mocos y chichones, chichones y sellos, lumbalgias y mates, divisé una figura extraña en la sala de espera. No crean que les hablo de un animal ni mucho menos de un mutante, el hombre ilustrado ya me visitó en el pasado. La figura extraña era un libro. Uno se estará preguntando si esto tiene sentido y, llegado el caso que lo encuentre entre tanto absurdo, cuestionará el género de esta historia pues les dijeron que era pura verdad con unos toques de pimentón y comino, y les están hablando de un libro en la sala de espera aguardando su turno. Bueno, no les he mentido hasta ahora. El libro existió, pero en las manos de alguien. Hay que ser paciente. ¿Y cuál es la rareza?, dirán ahora. En este territorio no hay libros, solo pantallas. Por lo que, ante cualquier situación antigaussiana, hay que abrir el paraguas.

En un principio pensé que se pavoneaba, con el tiempo me di cuenta de lo equivocado que estaba. Era el último en mi lista. Lo llamé rondando las siete. Me dijo que venía por unas recetas, que requería dos o tres drogas. Sin que hiciera muchas preguntas, empezó a dar vueltas, tratando de justificar su pobreza. Me contó que se había atendido con todos, en los mejores y en los peores antros. Le expliqué que no era necesario relatar esas cosas, que acá lo trataríamos bien. Me agradeció. Cuando indagué un poco más, por el simple hecho de ser amable, comprendí a quien tenía enfrente. Ese de las ropas rotas y sucias, ese humano de rancio olor, no era uno más, no era uno solo: era muchas cosas y era todos, era alguien que había vivido demasiado. Entre pregunta y contra respuesta terminó confesando su pasado bélico.

― ¿Malvinas? ― le consulté.

― Anterior ― respondió.

― La guerra con el Paraguay fue hace demasiado tiempo. No se me ocurre más nada.

― Es que te estás equivocando de ejército.

― ¿ONU?

― No. Esos son una figurita. No sirven para nada. No es que no estén capacitados, sino que tienen poco margen de acción.

― Me rindo – confesé.

― Estados Unidos.

― ¿Y no tiene una pensión?

― Una muy buena, que podría ser mejor si fuera ciudadano.

― ¿Y qué hace acá?

― Bueno, tengo también cobertura por jubilado y se me dan mejor las amistades.

― Suena razonable. Vietnam ciertamente.

― ¿Perdón? ―inquirió.

― Digo que peleó en Vietnam.

― Después.

― Kuwait.

― Antes.

― Uff, me está matando. Me rindo por segunda vez.

― Afganistán.

― ¿De verdad?

― No te miento.

― Y qué tal es.

― Hermoso, pero en la guerra no aprecias mucho, tenés que cuidarte de no hacer cagadas. Nos guste o no, allá éramos la policía y el presidente. Así terminas, con una depresión de la madre. A mí no me fue tan mal, pero me comí unos años de cárcel.

― ¿Criminal de guerra?

― Si lo fuera no te lo diría. Pero no, evasión de impuestos.

― Y si, a nadie le gustan, encima allá se los toman en serio.

― No pibe, en el penal de Ezeiza. Tenemos un tipo que debe ocho mil millones y a nosotros nos huelen el culo si no presentamos la declaración jurada a tiempo.

― Es increíble. ¿Y qué tal la cárcel?

― Esa te la cuento después, ahora me tengo que ir, hay una mujer que me espera.

― Una en cada puerto.

― Yo ya no soy marinero, tampoco capitán. Con el tiempo hay que asentarse.

 

Me quedé pensando. Por un lado, me sorprendió que un tipo así terminara aquí, pero cuando recapacité, recordé el dicho popular: en la República oriental terminan todos los desalmados, como si fuese la última parada del peregrinaje al inferno. Estarán reflexionando que yo también estoy aquí; es verdad, pero me largo en dos meses, cincuenta y ocho días para ser exacto. Eso espero. La otra idea que quedó flotando en mi cabeza, y que confirmé revisando un viejo libro de mapas y migraciones, es que el mundo siempre estuvo en guerra y los pueblos en conflicto, por lo que la afirmación del sacerdote que no hace más que fútiles actos simbólicos es cierta pero intrascendente. Tarde o temprano se alcanzará el equilibrio, mientras tanto la prensa se encargará de vivir de sensacionalismos y se irá poniendo más y más amarilla en la medida que se lo permitamos.

Sí, el periodismo, en casi todo su espectro, es una cagada y a la vez un mal necesario. Fíjense que aquí no tenemos ninguno y terminamos dependiendo y siendo manipulados, me excluyo, por un locutor de segunda que se cree Perez Reverte y en su vida leyó un libro. Pero no nos desviemos, pues hay que concluir el relato. Pasaron treinta largos días hasta que ese muchacho entrado en años volvió a mi puerto. Treinta jornadas en las que no pasó nada, o casi nada. Cuando llegó, fui lo suficientemente torpe como para no reconocer su nombre en la lista, lo que me hizo llamarlo entre turnos y carecer de tiempo para hablar. Sabrán perdonarme, pero, en un hospital, donde cada uno de nosotros trata con treinta a cuarenta apellidos por día, difícil es recordar cada uno de ellos, sobre todo cuando no se presta atención, lo que ocurre la mayor parte del tiempo.

Al entrar, me solicitó los mismos fármacos que la vez anterior. Yo ejecuté la orden como un rayo. Le comenté que había estado leyendo sobre la guerra en la que estuvo, lo que nos llevó a hablar de otra guerra, a que me explicara estrategias, me recomendara unos cuantos films y me contara cómo, en la batalla de Balaclava, la Brigada a cargo de Lord Lucan se lanzó sin pensarlo contra los cañones rusos, eternizando al señor Cardigan, quién en tiempos modernos le da identidad a una conocida prenda de vestir. Hacia el final, le pregunté por la cárcel (no crean que olvidé el profundo interés morboso que todos ustedes tienen sobre su experiencia como convicto). Lamento decepcionarlos, pero no dijo mucho.

Como todo prisionero, prefirió esquivar el tema. Me explicó que dependiendo tu rol en la sociedad exterior aumenta o disminuye el respeto interior, que si no jodés a nadie, difícilmente te embromen, que hay pabellones y pabellones, y que los que mandan tienen hasta celulares. ¿Lo violaron? Obviamente no lo sé. ¿Te violan en cuanto llegas? Me dio a entender que no. No indagué mucho más. Me dejó tarea para la casa: leer sobre la batalla de Dien Bien Phu.

Los siguientes treinta periodos de veinticuatro horas, como verán vamos rápido, tuvieron más ajetreo que los anteriores, pero si algo relevante sucedió en ese tiempo, no lo recuerdo ni es pertinente. Hoy estamos hablando en memoria de un héroe, alguien de quién nunca sabrán el nombre, pero que lo imaginarán cuando lo describa. Le estamos dedicando tiempo y poco esfuerzo a relatar los pocos meses que duró el contacto entre yo, su narrador, a quién muchos conocen, y un pequeño ser, de unos 165 centímetros, con la piel ajada por el tiempo, teñida de amarillo por la nicotina y no por el alcohol, de pelo blanco y barba descuidada, sin ningún rasgo en particular, excepto por unos ojos azules como los océanos que recorrió y una vestimenta que dejaba que desear, olorosa, con manchas de grasa y aceite de auto.

Cuando ese individuo se presentó por tercera vez en la sala, sepan que en esta historia hay cuatro encuentros, como los de Siddharta (realmente desconozco si hubo intencionalidad de su parte y a veces sospecho que era el mismo Buddha de antaño que algunas sagas indias aseguran, camina entre nosotros). Esa tercera vez, en ese tercer encuentro similar pero diferente, porque no hay dos momentos iguales, no olvidar a Heisenberg, lo reconocí en mi lista y lo moví hacia el final. Al entrar, su ropa estaba peor que nunca, pero él era el mismo de siempre. Le expliqué que me había informado sobre ese episodio en la historia en donde terminó una guerra y comenzó otra, donde un país se dividió en dos para que las potencias jugaran su partida de ajedrez. Le mencioné también que yo conocí ambas tierras, hoy una. Pero lo noté fatigado, por lo tanto no me sorprendí cuando me solicitó un calmante.

― Para los dolores de espalda ― dijo.

― ¿Un día duro?

― Un mes de trabajo exhaustivo.

― ¿En qué anda?, si se puede saber.

― Que quede registrado que esto no se lo cuento a cualquiera.

― Lo anoto.

― Es una larga historia.

― Tengo todo el tiempo del mundo.

― De acuerdo. Una tarde de octubre, en Kabul, mientras patrullábamos por sus derruidas calles, de tierra como te imaginarás, vi a unos niños jugando a la pelota. Como buen argentino me uní al partido y durante unos minutos disfruté junto a los pequeños de patear la pelota, simplemente eso, sin bandos ganadores, ni goles ni líneas. En un momento dado, uno de ellos le pegó demasiado fuerte y la pelota fue a parar a una casa abandonada. Nobleza obliga, fui a buscarla. Al entrar, la vi en el instante, pero cuando me dirigía a recogerla, me hundí como sé si me hubiera abierto el pozo de Darvaza. ¿Sabés lo que es?

― No.

― Buscalo. Bueno, cuestión que debo haber caído diez o quince metros. No sé cómo no me partí la cabeza. Al aterrizar di con un híbrido entre taller y laboratorio. Imaginarás que pensé que ahí estarían los muchachos talibanes dándole a las armas químicas, pero me equivocaba, sino no estaría aquí. Un hombre delgado, esbelto, de barba negra muy curtida y los ojos verdes resplandecientes, me miraba asustado. Yo saqué mi arma y le apunté. Me pidió que no dijera nada y me demostró de miles de formas que él no era un terrorista. Ellos habían matado a su familia y lo habían torturado de formas que solo quienes realizan la guerra santa son capaces. A ver eso y otras pruebas que me es imposible revelar, le juré silencio, pero lo hice a cambio de que me mostrara en detalle lo que estaba tramando.

― No puedo dejarlo que vuele una ciudad entera ― argumenté.

― Me aseguró que lo haría y me pidió por favor que reparará el defecto por el que había entrado, para que nadie más pusiera un pie allí.

― Así lo hice. Durante una semana trabajé doble turno. De día cumplía mis funciones ordinarias, vigilaba que nadie se acercara al edificio y rogaba que no me trasladaran. De noche, fingía irme de prostitutas para remendar los daños. Al terminar, la octava noche, al fin entré por el pasadizo que Saleem había creado. Me sirvió un té, el más sabroso de probé en mi vida y me ofreció opio. Me rehusé a lo segundo, no porque les tuviera pánico a las drogas sino por no confiarme demasiado. Me mostró, ahí lo supe, su estudio.

En él se levantaba una máquina, sobria y bella, como si a la vez hubiera oficiado de ingeniero y diseñador. Me explicó que servía para viajar en el tiempo. No le creí hasta que lo hicimos juntos. Divisé a Jesus de lejos y guardo el secreto de lo que sucedió con su cuerpo. También presencié, con estos ojos que estás viendo, el asesinato del cuarto califa, Alí, mientras rezaba. Te ruego que no me demandes detalles, ya que me está prohibido contarlos.

La cuestión, volviendo al relato, es que el pobre hombre buscaba venganza, y para ello debía prepararse arduamente, pues no contaría con ayuda. Durante meses realizó cortas visitas a un mismo tiempo y espacio, aquella carnicería que terminó con las vidas de sus seres queridos. Pasó horas y días enteros analizando posiciones, armas, vestimentas, temperaturas y demás detalles. En el tiempo que corría, había desarrollado una gran maqueta que describía perfectamente la escena.

Yo aparezco aquí ― me señaló con un dedo ―, y me muevo hacia el oriente, eliminando a cada uno de ellos. Debo moverme rápido, de lo contario alcanzarán mi casa y, corro el albur de que me vean, lo que arruinaría el plan por completo.

El día que se decidió a partir, llevó solamente un puñal y un sable curvo, porque ninguno merecía una muerte rápida. Me hizo prometerle que no le diría a nadie y me confió los planos de su invento, porque si por alguna razón no lograba su cometido, estaba dispuesto a suicidarse, y no quería que algo de tanta envergadura quedara en la nada o en las manos equivocadas.

― Es usted un buen hombre ― me dijo antes de irse.

Yo transité las mismas calles durante dos meses más, pero nunca lo volví a ver. Mi primera teoría es que lo mataron, la segunda, que el asesinó a cada uno de esos bastardos y a sí mismo, cosa de poder disfrutar del cariño de sus esposas y sus hijos.

― Me deja usted boquiabierto ― le confesé ―. Espero que sepa perdonar mi escepticismo.

― Como podría no hacerlo, si yo mismo dudo a veces si no fue un sueño. He vivido demasiado, de eso te das cuenta cuando toda la gente que alguna vez amaste se ha ido. Y esa prolongada estancia ha hecho de mis memorias un laberinto. Por momentos tengo la sensación de ser inmortal, por momentos de ser eterno. Camino dos cuadras y me hallo en el mismo campo en el que los Ranqueles cabalgaban hace siglos. Es increíble. La mayoría de las personas no razona estas cosas. Y para evitar esta enorme confusión que hoy siento, para salir de este ostracismo mental, he decidido reconstruir la máquina, de manera que pueda visitar aquellas noches en Kabul y confirmar que todo esto no es fabulado. Por supuesto que si los planos conducen a algo, no necesitaré más pruebas, pero me gustaría volver a ver su rostro. Respondiendo a la pregunta inicial, la causa de mi cansancio es la plena dedicación  a la ejecución de la obra. Faltan varios ajustes, pero creo que voy bien. Si llega a funcionar te aviso, quizás quieras visitar algo en particular, y tu persona merece ser premiada. Pensalo bien, porque solo vas a tener un crédito.

 

Nos dimos la mano, y tras un breve intercambio sobre el  rol de México en la historia, el cual es harto mayor del que todos creemos, nos separamos. Durante las próximas cuatro semanas me la pasé pensando en la historia, traté de escribirla, no pude, traté de transformarla en una ficción en la que cuatro personas son seleccionadas para viajar en el tiempo por sus distintas virtudes: un médico, un físico, un militar y un manipulador serial, con el fin de eliminar, antes de que sea demasiado tarde, a un déspota que mantiene el mundo en vilo. En esa historia, que busqué escribir junto a otro escritor, también familiar, también amigo, cada uno de los seleccionados planea abrirse para llenar sus propias ambiciones, que van desde la fama hasta la venganza. Pero mi mente estaba tan dispersa que durante todo ese tiempo no hice más que hacer y deshacer los mismos párrafos.

Cumplido el mes, cuando sus medicamentos ya estaban agostados, estoy seguro de ello, busqué diligentemente su nombre entre mis pacientes, pero no vi nada. Supuse que vendría a la tarde, pero una parte de mí sabía que jamás volvería. Era demasiado peligroso que yo supiera demasiado. Para mi decepción (pues ya había elegido mi viaje en el tiempo), mis sospechas se confirmaron y, tras varios días de albergar esperanza, esta termino por perderse y convertirse en otra memoria.

Una tarde, luego de almorzar en el único restaurant del médano, me informaron que no recibían tarjetas y, carente de efectivo, debí cruzar la ruta para pagar mi factura en la estación de servicio. Al entrar, dos personas se hallaban delante de mí por lo que debí esperar. Mientras estudiaba el interior, percibí un movimiento detrás de mí. Giré sobre mi hombro y creí ver la figura. Al voltear completamente, no había nadie.

― ¿Señor? ― me preguntó la encargada.

― Eh, sí. Quisiera pagar esta cuenta del restaurant de enfrente.

― Ningún problema.

― Mientras el posnet me hacía un poco más pobre, lo divisé del otro lado del cristal, cruzando la ruta, con un helado en la mano, saboreando el éxito. Estaba renovado, más flaco, la barba recortada, la piel como seda y la misma boina de siempre. Le pregunté a la cajera si le faltaba mucho, me pidió unos segundos de paciencia, ya que el sistema había estado caído. Una vez aprobado el pago (no sé porque no salí antes para luego volver por el plástico), salí corriendo en su búsqueda. Pero ya sabrán que estoy es irrealismo mágico, y ese hombre, una vez más, se había esfumado. Esa fue la última vez que lo vi.

 

Aquí termina esta historia, este híbrido que asemeja a David Cruz en los Balcanes. Un relato que dice mucho pero deja poco. Cada tanto sospecho que todo fue una puesta en escena, que el loco de las últimas seis páginas no hace más que entusiasmar galenos a través de historias inverosímiles de manera de mantener vivo un pasado que quién sabe cuál es. Historias que nos llenan de frustración pero a la vez nos emocionan. Por las noches, cuando el mundo de los fantasmas renace, cavilo que es posible que haya estado diciéndome la verdad y que finalmente haya dado con la ingeniería, lo que podría explicar su júbilo aquel domingo.

DOS HISTORIAS

Aquella tarde memoriosa, Guillermo se llevó una agria sorpresa. Transcurría un día lluvioso, caracterizado por densas nubes que maculaban el cielo, volviéndolo gris y creando una atmósfera a la vez lúgubre y diáfana. Con las axilas sudadas de tanta vehemencia, borró los rezagos de tiza y, mientras acomodaba sus apuntes dentro del maletín herético, oyó unos pasos descender por la escalera.

― La clase de consulta terminó hace 15 minutos. Si tiene alguna duda, puede enviármelas por correo o en su defecto sacárselas al finalizar el examen.

― He acumulado tantas dudas, que con el tiempo me he vuelto ese tipo ecléctico que siempre detesté.

― ¡Joaquín! O debo decir señor decano. Que grata sorpresa. ¿Qué acción plausible he concretado para que el más honorable miembro de esta facultad visite una de mis humildes tertulias?

― Ah por favor… Vous êtes la creme de la creme. No es la primera ni será la última vez. Entre sombras he dicho presente una docena de veces.

― Basta de mentiras.

― (Rió). ¿Qué tal? ¿Cómo va todo? ¿La familia, los hijos?

― Todo bien, si por bien entendemos la continuidad del equilibrio, la estabilidad y la rutina.

― Siempre metiendo un bocado de más.

― Es el de la saciedad.

― No has cambiado nada. Che, te quería preguntar: ¿Qué pasó con Jorge Pizarro?

― ¿Pizarro? Hasta donde yo sé, nada. ¿Por qué?

― Te ha fustigado a través de las redes sociales. ¿Seguro que no discutieron?

― La verdad que no. Pero, ahora que me lo decís, recuerdo que vino ayer, apurado para entregar un trabajo y le dije que no estaba en fecha por lo que no podía recibirlo. Imploró que le dejara presentarlo, excusándose con que necesitaba aprobar el curso para no perder el semestre, pero le dije que en mi clase nadie es más igual que el otro.

― Claro. Sí qué se yo, todos sabemos que esos consentidos hijos de puta siempre se quieren salir con la suya y en sus caprichos se llevan puestos al que venga. Te ha dado duro.

― ¿Qué tan duro?

― Analmente duro.

― ¿Puedo ver?

― No te enojes. Todos sabemos lo que es. No le des importancia, caso contrario pensará que tiene poder.

 

Cuando Guillermo leyó la ignominia, su semblante se transformó completamente:

Cómo el claustro se coje a su esposa, Zanetti opta por lOs alumnOs.

― Esto es demasiado  ― dijo con la voz entrecortada ―. Lo voy a denunciar.

― Precisamente de eso quería hablarte. Mirá ― agregó tras un suspiro ―, si lo denuncias, corrés el riesgo de perder tiempo, plata y fama por un mequetrefe. Vos sos un docto, una eminencia. Él tiene los mejores abogados. Yo creo que te tenés que sosegar. El rector me va a llamar, yo voy a abogar por vos, van a investigar un poco más, van a descartar esta falsa acusación y lo van a terminar amonestando. Guardate la osadía para cosas que realmente importen.

― La fama, buena o mala, se perdió en el momento en que este mocoso publicó esas injurias. A partir de ahora, pase lo que pase, y vos lo sabés mejor que yo, siempre habrá un vestigio de verdad en la memoria de la gente. La historia me respalda.

― Pero la memoria es frágil. No olvides que el tiempo borra todas las heridas.

― Ya no estoy para esperar ese tiempo.

 

Cerró el maletín, esquivó a Joaquín, subió a paso presuroso las escaleras y se marchó. Esa noche, rodeado de sus seres queridos, Guillermo intentó disimular su enojo. Como todas las noches, saludó a sus hijos efusivamente, le dio un beso a su esposa, dejó sus cosas en el estudio y se sentó a la mesa para cenar y disfrutar de una película en familia. Para evitar levantar sospechas, confirió a su esposa la elección del film, sin embargo, al poco tiempo de iniciado este, Ana, intuitiva como muchas otras mujeres, percibió su desdicha.

― ¿Qué pasa amor? Estás raro  ― le dijo acariciando su mano ―.

― Nada, estoy un poco cansado  ― contestó mirando el plato ―.

― No te parece una excusa muy trillada.

― Si, puede ser. En este momento querida, mi vida es un dilema corneliano.

― Contame.

 

Tras relatarle lo acontecido, la mujer que siempre había destacado su coraje, le recomendó no meterse en problemas, que lo mejor sería seguir los consejos del decano.

― Por más que sientas que te estás traicionando  ― sentenció ―.

 

Esa noche no pudo dormir. Todo ese tiempo estuvo dándole vueltas a la idea. Deliberaba entre su honor y el bienestar ¿morir de pie o vivir de rodillas? No necesariamente debía ser así. Existía una autopista del medio, una posibilidad de que, al denunciarlo, el muchacho se disculpara, admitiera públicamente su error y todo regresase a la normalidad, pero la estadística no era buena, no con esa gente que constantemente se tomaba licencia de la ley. Pizarro no era de los que agachaban la cabeza, aunque en el medio hubiese vidas humanas. Era el hijo del empresario más poderoso de la región, tal vez del país, y todos sabían con cuanto poder contaba. Tras pulular toda la noche, Zanetti decidió contestarle a través del diario, no entrando directamente en la polémica, sino a través de una declaración.

La mañana siguiente, se reportó enfermo y fue directamente al café de Piedras y Avenida de Mayo. Ahí, desde siempre, se había reunido la elite periodística de la ciudad. La “Maison” del off the record. Al ingresar, buscó entre el humo  ― allí si estaba permitido ―  y las tazas esa cara que, más que nunca, deseaba descubrir allí dentro.

― ¡Zanetti! ― le gritaron desde una esquina como si de un sueño se tratara ―.

― ¡Costa! ―  respondió con una sonrisa que no pudo disimular ―.

― ¿Qué hacés en un lugar tan mundano? ¿No deberías estar hablando de átomos y neutrones?

― Hay que helenizar los días de tanto en tanto, sino explotamos. Cuanto tiempo sin verte. ¿Qué es de tu vida?

― Nada, lo de siempre, hundido en esta mishiadura. ¿Vos?

― Ídem. Che, ahora que te encuentro, me vendría bien un favor.

― Lo que sea.

― Tengo este alumno pelotudo que, como no lo dejé entregar un trabajo fuera de tiempo, me acusa de revolcarme con los otros estudiantes y le ha faltado el respeto a mi esposa. Me gustaría contestarle a través del diario.

― No hay problema. Vos sabés que tengo la libertad de publicar lo que sea. Mandame la nota a esta dirección  ― la anotó en una servilleta ―  antes de la una y mañana la tenés en la página once.

― Gracias, sabía que podía contar con vos.

― Cuando sea. ¿Tomamos un café?

― Hoy las costumbres vernáculas son más necesarias que nunca. ¿Tenés un cigarrilo?

 

Entre las diez y las doce, Zanetti y Costa se pusieron al día. Recordaron momentos de su infancia, del barrio, de sus madres y amigos. Llegado el mediodía se separaron, uno para volver al diario y el otro a la facultad  ― pues pensó que sería honesto anticiparle sus planes al decano ―.

― Creo que te estás equivocando.

― Cree lo que quieras, pero a mí no me va a difamar un resentido.

― Te estás rebajando. Profesor del año 3 veces y ganador de ¿cuántos…?, ¿seis premios?

― Siete.

― Mirá, negro se nace y negro se muere. Ellos van a ser siempre así, y si les contestas, te devuelven más fuerte.

― A menos que no les contestes.

― Ellos no van a interpretarlo como vos pensás, entendelo. Es otra cultura, otra idiosincrasia. Lo único que les calienta es ver que te dolió. Hacé lo que quieras. Yo creo que no hay necesidad. No te olvides el refrán: lo que dice Juan de Pedro habla más de Juan, que de Pedro.

― Los refranes son tan contradictorios como la vida misma. Rebajarme es responderle a través de las redes sociales, seguir su lógica, increparlo de frente. Esto es una contestación con altura, a la manera de Camus versus Sartre.

― No conozco a ninguno, pero te aseguro que ni el uno ni el otro tenían las llaves de la ciudad.

― Bueno  ― agregó sopesando ―, lo voy a pensar, pero no te prometo nada.

― Tomate unos días, pensalo y cualquier inquietud que tengas llamame. No te calentés por estas cosas, a mí me ha pasado tres veces por lo menos. Si me criticás vos me voy a enojar, pero ¿Pizarro?… por favor.

― (Este tipo no entiende nada. Esto no es la ley del Talión, es una muestra de grandeza. ¿Cómo puede el poder recaer en esas manos? No hemos aprendido nada como sociedad. El problema de Argentina es que en ella viven los argentinos. Individuos, no ciudadanos. La voy a publicar, cueste lo que cueste). Dale. Saludos a Victoria.

 

Al salir del recinto, Guillermo se dirigió a su casa y le envió el documento a Costa dos minutos antes de la una. El resto del día se dedicó a corregir exámenes, sumido en una excitación como la que se apodera de aquel que sabe que, al día siguiente, un evento crucial para su vida se llevará a cabo. Era consciente de que la publicación irritaría a las autoridades y más aún a la familia del joven, pero también sabía que, antes que nada, como decía su padre, estaba el honor.

Pasada la noche, tan eterna como la anterior, la alarma le recordó que eran las ocho. Miró su celular ― se encontraba en silencio ―, y no se sorprendió al ver doce llamadas perdidas y un mensaje del decano:

Cuando puedas venite, así charlamos.

― Te mandaste un cagadón.

― Te dije que la iba a publicar.

― Me han llamado de todos lados, te quieren afuera.

― ¿Ellos o vos?

― El sistema.

― ¿Por decir lo que pienso o por tocarle el culo a los poderosos?

― No puedo hacer nada, yo te lo advertí.

― Te imploro, por las entrañas de Cristo, que pienses que es posible que te estés equivocando.

― Te sienta tan mal parafrasear a Cromwell. Vos te equivocaste al no escucharme y ahora estas solo. Perdoname, pero tenés diez días para presentar tu renuncia.

― ¿Qué?

― Ya te dije, me pidieron tu cabeza. Nadie te quiere acá metido. Te vas a tener que ir de la universidad y quizás hasta de la provincia.

― Sos un cagón, un títere ― sentenció mientras se incorporaba para dar un portazo.

 

Los días venideros, Guillermo estuvo muy decaído y enojado. Una parte de él quería permanecer en el ámbito académico, mientras que otra había decidido renunciar a ese lugar sin principios ni ideales. Después de severas idas y venidas, y viéndose acorralado por todos los flancos  ― mensajes, emails, llamadas y otros métodos extorsivos no cesaban de llegar ―, Zanetti presentó su renuncia por escrito y envió una copia de esta al mismo periodista con el que firmó su sentencia. La segunda publicación, tuvo harto más prensa que la primera por lo que, durante semanas, recorrió múltiples medios de comunicación. El profesor se había transformado en un símbolo de resistencia, un Guevara del siglo XXI, un ícono de la transparencia, lo que le valió diversas entrevistas por radio y televisión, así como también la oferta de un cargo político.

Pero pasados sus 5 minutos de fama  ― y falta de oportunismo ―, a la manera de Agustín Cabral en una novela peruana, nuestro personaje volvió a caer en desgracia. Nadie quería contratar a un tipo marcado por la mafia y con fama de conflictivo. Durante meses visitó centros educativos, pero ninguno de ellos le abrió las puertas. Intentó darse prensa con otros artículos pero le explicaron que nadie pagaría por algo así.

― Hoy en día  ― le explicó Costa en el mismo café ―, si no es muy amarillo, no vende.

 

Probó con el cargo político que otrora había descartado orgulloso, pero, como ya no medía en las encuestas y media Buenos Aires lo había olvidado, le ofrecieron el vigésimo lugar en la lista de candidatos. Y como si esto fuera poco, su esposa, argumentando que desde un principio se lo advirtió, le pidió un tiempo y se marchó, junto con los hijos, a la casa de los padres.

La vida, aquella sucesión que alguna vez le pareció hermosa y excitante, no podía ir peor. Sin trabajo, sin familia y sin amigos  ― estos no habían sido la excepción a la regla ―, determinó que lo mejor sería mandarse a mudar. Al final, como le sugirió en un principio el director, otra provincia era su destino. No hacía falta consultar el I King.

Una noche, mientras empacaba, sonó el timbre. Como no esperaba a nadie, no le dio ninguna importancia, pero ante la insistencia de quien se hallase al otro lado de la puerta, abrió. No había nadie. Asomó la cabeza, miró a ambos lados, preguntó quién estaba allí y nada. Cerró algo nervioso. Al hacerlo, descubrió en el piso un sobre, extraño, con un papel muy bonito con un lacre azul que jamás había visto. Lo abrió. Saco de la carta un papel doblado en tres con su nombre escrito en él. Lo desdobló y, para sus adentros, leyó el mensaje:

Hudson 4322, segundo subsuelo, 2:00 am.

Pangermanismus

― Que estupidez ― pensó.

 

Continuó empacando, cargó todo en el baúl del auto y se marchó. Mientras conducía, tuvo que desviarse repetidas veces pues, con un nuevo jefe de gobierno en el poder y unas elecciones en el corto plazo, muchas de las arterias metropolitanas se hallaban en reparación. Cuando por fin huyó del caos, no anduvo más de trescientos metros que su auto se averió.

― Increíble  ― dijo en voz alta ―. La realidad supera a la ficción.

 

Abrió la gaveta, sacó los papeles del seguro y llamó a la compañía.

― Buenas noches. Mi nombre es Guillermo Zanetti.

― Número de póliza por favor.

― 124399

― Bien Guillermo, ¿qué anda sucediendo?

― Tengo el auto roto, necesito una grúa o un mecánico.

― Tenemos mecánico disponible. Si puede solucionarlo a esta hora lo hará, caso contrario tendrá que dejarnos que lo remolquemos y mañana le diremos el diagnóstico con precisión.

― Bueno muchas gracias.

― ¿Su dirección?

― Calle Sayos. Sayos y… Hudson.

― Bien. La oficina más cercana queda en mataderos por lo que no tardará más de diez minutos.

― Gracias, adiós.

 

Se sentó a esperar. Pasaron 5, 10, 15 minutos. No aparecía nadie. Volvió a llamar, esta vez daba ocupado. Otro intento, y otro, y otro hasta que su celular no tuvo más batería. Maldijo en todos los idiomas que sabía. El hartazgo llegó después de la segunda hora. Cerró el auto, puso la alarma y comenzó a caminar para ver si encontraba un hotel. De repente recordó la carta, en esta figuraba la calle Hudson. Volvió a verla y efectivamente era así. Se fijó la altura y descubrió que debía ser muy cerca, ya que en el cartel se leía:

Hudson 4300 – 4400

Le pareció una coincidencia, pero no por eso dejó de creer que tal vez allí, alguien podría ayudarlo. Caminó unos cuantos metros, pero no logró dar con el número exacto. Cruzó la calle y no tuvo mejor suerte. Decidió volver al auto. Mientras lo hacía, algo le llamó la atención. En un contenedor de la esquina, y una de sus paredes, había una inscripción extraña pero familiar. Se acercó y no tardó en reconocerla. Eran números cirílicos. A pesar de lo poco que recordaba la lengua, no le costó mucho traducirlos y reconocer que se encontraba en el lugar indicado.

Levantó la tapa, pero no había nada dentro. Lo corrió de lugar, intentando descubrir algo debajo. Fue ahí cuando encontró un teléfono. Pasados unos segundos, este empezó a sonar. Atendió.

― ¿Hola? ― dijo con voz temblorosa ―.

― El edificio que se ve mirando al este, cuarto piso, departamento B.

Se sentía en una novela coescrita por King y Katzenbach. Siguió con determinación y entusiasmo las instrucciones y por fin llegó al pórtico del misterio. Al tocar, no hubo respuesta. Repitió la acción. Oyó una voz que desde adentro preguntaba:

― ¿Contraseña?

― No me dieron ninguna.

― Pensamos que era capaz de cosas mayores.

― Pangermanismus.

― Verdaderamente mayores.

― Aguarde. Movimiento que busca que todas las culturas germánicas se unan para formar una sola nación.

 

La puerta se abrió de par en par. Dentro, todo era blanco. Sobrio y lujoso al mismo tiempo. Cuatro personas estaban sentadas en cuatro sillones formando un triángulo. Sus vestimentas eran elegantes, pero no más que las de cualquier persona que asiste a un evento social.

― No tenga miedo, pase  ― dijo uno de ellos, el único que hablo durante el encuentro ―.

― ¿Qué es esto? ― preguntó Guillermo ―.

― ¿Qué cree usted que es esto?

― Ciertamente no un taller mecánico.

― Correcto. ¿Alguna idea?

― ¿Los sicarios de Pizarro?

― Lejos nos encontramos de esas prácticas.

― Disculpe pero hoy ando con poca paciencia.

― No hay por qué. De cualquier manera jamás lo adivinaría. Ante usted se hallan los cuatro representantes de la región de lo que llamamos la sociedad de las plumas.

― Interesante nombre, un poco infantil.

― Más una tradición que propio gusto, las costumbres son de hierro.

― Ciertamente lo son. Supongo que no se enojará si le pregunto que estoy haciendo aquí. Dudo, por su aspecto, que esta reunión se dé para tratar un asunto menor.

― Hace bien en dudar. Yo personalmente lo hago con todo lo que mis sentidos captan. Bienvenido Zanetti. Mi nombre es Marcio, pero usted y yo sabemos que eso no es cierto. Le haré una breve introducción. Esa cartografía que usted ve allí  ― dijo señalando un mapa de lo más actual ―, muestra toda nuestra extensión.

― Perdóneme, pero no distingo diferencias con un mapa corriente.

― Exacto. El mero hecho de que el país se halle en el papel implica que operamos en él. Descubrirá, si busca el destalle, que este es un mapa imperfecto, pues falta una tierra, la de hielo y fuego.

― Islandia.

―Exacto. Es el único lugar que nos queda por conquistar, y difícilmente lo hagamos.

― ¿Y qué es eso que conquistan?

― No se apresure, tiempo al tiempo. En el siglo XV los Reyes Católicos expulsaron a 150.000 judíos de España. Muchas personalidades nobles descendieron de tal éxodo, pero una en particular. ¿Sabe usted quién?

― Imagino que me está hablando de Spinoza.

― Exacto. Y al buen hombre, ora por rencor, ora por ambición, no le bastaron los halagos que el panteísmo y el racionalismo le trajeron. ¡No! Su verdadero propósito en el mundo fue otro, harto más extenso, harto más oculto. Consciente de que el ser humano es injusto por naturaleza, el holandés dedicó parte de su vida a la creación de esta organización, cuyo fin inicial era ayudar a aquellos que, víctimas del tribalismo, carecían de los medios para desarrollar su potencial.

― Vale, usted me está diciendo que son una especie de masones que explotan el potencial intelectual de sus refugiados, unos padres del globalismo.

― No precisamente. Con el correr de los años, la sociedad comenzó a ganar importancia y eso hizo que muchos posaran sus ojos en ella. Para evitar levantar sospechas, nuestros antecesores crearon la masonería, los Illuminati, Rosacruces y, más tardíamentee, Skull and Bones, Opus Dei y otras sectas menores que siempre sirvieron como señuelos, males necesarios.

― ¿Y quién es el jefe de esta “logia”?

― No hay jefes. Hay un código inmutable, no sujeto a interpretaciones, que sienta las bases y da las directivas. Tan perfecto es que tiene una validez de mil años.

― Hombre, por favor déjese de bobadas y dígame que estoy haciendo acá. Si me van a matar háganlo rápido.

― ¿Cómo piensa que llegó acá? ¿Quién cree que cortó las calles para que usted tuviera que atravesar este barrio? ¿Cuántos autos se rompen antes de alcanzar los cinco mil kilómetros? ¿Cuántas personas saben que usted maneja el cirílico?

― Si tan magnánimos son ¿cómo explican Siria?

― Siria, y tantas otras guerras, no son asunto nuestro. Como le dije, el código es inmutable. Tenemos un único propósito, que es financiar escritores.  No crea que dominamos el mundo ni que controlamos todo, simplemente, mediante el éxito de nuestro mecenazgo, hemos podido comprarles deuda a los poderosos.

― No entiendo muy bien su propósito.

― ¿Usted piensa que Gertrude Stain, Victoria Ocampo, Guggenheim y demás mecenas realmente eran altruistas? Ni siquiera los Medici lo eran, y con ellos murió la actividad propiamente dicha. El resto han sido fantoches. ¿No creerá usted que Van Gogh murió pobre? ¿Qué el ostracismo de Sándor Márai fue una penuria? ¿Poe, Wilde, Dickinson? ¿De verdad piensa que la depresión y las drogas se apoderaron de ellos? Todos recibieron una paga semanal hasta su muerte. Sus obras maestras fueron financiadas por esta institución.

― Básicamente me está diciendo que usted y sus séquitos dominan el mundo de las artes.

― En primer lugar, yo no tengo séquitos, solo soy una pieza de este inmenso rompecabezas. Usted también puede serlo. El poder va y viene, el control tiende a perdurar. En segundo lugar, sí. Al principio era suficiente con unos pocos, pero cuando el arte se globalizó y la pintura dejó de ser rentable, comenzamos a necesitar más y más escritores hasta que terminamos monopolizando la industria.

― ¿Y qué quieren de mí?

― Somos conscientes de su potencial. Usted, naturalmente, es talentoso. Cuando vimos que se creó un buen background de desterrado, movimos algunas influencias para que termine acá. Creemos que sus trabajos se venderán como pan caliente. Imagínese el titular: “Del profesor que luchó contra los poderosos y lo perdió todo”.

― ¿Qué tengo que hacer?

― Va a irse al campo, allí todo es más poético y cobra más fuerza, no solo para la mente humana sino para la prensa.

― ¿Y si me niego?

― La muerte por unos mafiosos.

― ¿Y si hablo?

― Islandia.

― ¿Allí mandan a los detractores?

― ¿De qué otra manera explica que el diez por ciento de su población escriba? Ahora, ¿cuántos artistas famosos conoce de esas tierras? Solo los que trabajan para nosotros e instalamos allí. Pero son hombres valientes: que uno de diez pueda seguir habla bien de ellos. No es fácil sortear la depresión en una isla sin árboles.

― Perfectamente puedo decirle que sí, hablar y finalmente huir.

― Creo que no entendió lo de que todos nos deben favores. No se haga el valiente, tome el ejemplo de los demás, por más que ahora sepa que son un fraude. El cerebro es muy despiadado: así como existen ídolos y modelos, cuando la realidad o el esmero tocan nuestra puerta, el tipo más ruin y despreciado puede tornarse un ejemplo.

― ¿Qué ganan ustedes?

― Dinero, favores, historia, reducción de impuestos.

― Supuse que estaban exentos.

― Nadie lo está. Pero sobre todas las cosas, el mundo necesita un equilibro, tener voces disidentes y antagónicas que le den al ciudadano común la esperanza de que un mundo mejor es posible. De otra manera la vida carecería de sentido y eso es peligroso: toda estructura necesita una base sobre la que sustentarse.

― ¿Duerme tranquilo?

― Como un bebe.

― Los bebes se despiertan varias veces en la noche.

― Por eso mismo.

― ¿Los demás no hablan?

― Nos turnamos.

― Póngase cómodo, pero de acá no puede salir. No se preocupe por el auto, el mecánico ya se lo llevó y arregló la transmisión. Por cierto, fue bastante difícil averiarla.

― Una hermosa serendipia.

― La más bella de todas.

― De acuerdo, lo haré.

― Ya lo sabíamos. El hombre es muy predecible. ¿Algún lugar en especial? Tenemos un catálogo de destinos, pero la elección es libre.

― Siempre he fantaseado con vivir en una casita junto al mar en la isla de Gotland, y desde ahí escribir. Pero con el tiempo he llegado a sospechar que mi isla es mi pueblo natal, pues jamás pude escapar verdaderamente de él. ¿Hace falta que le diga cuál es?

― Sabe usted que no. Los cheques llegarán cada 8 días. Deje sus trabajos en la puerta de su casa todos los viernes a las 4:00 am. Nosotros haremos las correcciones pertinentes y los devolveremos. Encontrará veces que lo publicado carece de coincidencia con sus manuscritos. No se preocupe, apréndalos y haga como si fueran suyos. ¿Alguna pregunta?

― ¿Qué porcentaje de los textos hoy publicados pertenecen a este “sistema”?

― Un 80%. Por supuesto que no todos llegan a este edificio, hay distintos grados y niveles de manipulación.

― ¿Y las editoriales?

― Nuestras.

― Una cosa más

― Diga

― ¿Hay alguien que haya escapado a ustedes y aun así tuvo éxito?

― Imaginará que previo a nuestra existencia, todos. De ahí la importancia de los clásicos. En tiempo modernos, solamente dos. Buena gente, también valientes. Supieron superar la censura y la humillación.

― ¿Quiénes?

― Un irlandés y un argentino.

― Entiendo, gracias.

― ¿No le interesa saber quiénes?

― Prefiero conservar la hermosa incertidumbre.

― Es entendible. Su esposa y sus hijos volverán, no se preocupe. Si en tres meses no lo hacen por motu propio, enviaremos a alguien para que los disuada. No le cuente nada, lo encontrará más atractivo. Si alguna vez decide moverse de pueblo, deje una nota entre sus trabajos y veremos que se puede hacer. Respecto a su nombre, haremos que se lave, el decano de rogará que vuelva y usted le dirá que no. ¿Alguna duda?

 

Al salir, el auto aguardaba en la puerta. En su interior un GPS marcaba un destino. Efectivamente era su pueblo natal, la misma dirección de siempre, la misma esquina. Barajó la posibilidad de que también controlaran sus decisiones y su vida desde siempre, pero la descartó para sentirse feliz. Durante el viaje, experimentó un efímero éxtasis. Se alegró de que finalmente su quimera se volviese real, aun cuando para sus adentros todo fuese una gran mentira. ¿Pero qué parte de la vida y la existencia no lo eran? Si dudaba de todo, el mundo era hermoso, perfecto, el mejor que nos podría haber tocado. Los clásicos, los griegos, ahí estaban las respuestas, ahí se terminaba la historia. El resto era baladí y era menester entregarse al hedonismo, combinar las palabras de manera astuta, saborear los frutos de la fama.

PARA LA EDICIÓN SUDAMERICANA Y ADAPTADA A NIÑOS DEL ULYSSES

Nada era muy diferente aquella mañana. La alarma a las 8:30, el café a 90 grados, la tostada insípida embebida en leche y un beso de buenos días. La lluvia nos había inundado, por lo que debí realizar varias maniobras para que el motor de mi pequeña moto no entrase en contacto con el agua. Después de 16 inundaciones las obras seguían sin aparecer: exceso de empleo público o falta de recaudación, no sé, pero el falso periodista siempre optaba por la segunda.

En la esquina de siempre no hallé a los rufianes de siempre lo que me pareció extraño, pero como ya eran más de las 9:00, tampoco era algo imposible. Cargué escasos litros de gasoil, repuse aceite y seguí viaje. En el camino me saludaron tres o cuatro personas y yo correspondí con buenos modales. Al llegar, unos pocos nombres copaban mi lista: algunos por recetas, otros por estudios y una segunda opinión ―nada extraño en estos tiempos en que se visita lo que sea necesario hasta escuchar lo que deseamos―. Nevertheless, el hecho de que alguien depositara su confianza en mí (o se la quitara a otro) me levantó el ego.

― Fijate la de la cama cuatro ―me dijo con un tono algo exigente el director en cuanto me cruzó―.

Tras terminar con los turnos de esa mañana me di una vuelta por la habitación antes mencionada e interrogué a la paciente sobre su estado actual.

― ¿Cómo anda Rosalía?

El silencio fue atroz e incómodo. Las lágrimas no tardaron en aflorar y en pocos minutos el cuarto no era distinto a un stand up. “Que mi casa esto, que la municipalidad aquello, que mi marido deja la piel y que el baño es inmundo”.

― Sé que hay niños que mueren de hambre, pero yo y mi amado también la pasamos mal doctor. Como todos los hombres, sufrimos, amamos, lloramos y reímos.

 

Peor la pasaron los rusos y la tercera coalición en las campañas napoleónicas. De cualquier manera, es una respuesta injustificada pues, como dice Bernard Shaw, el sufrimiento no es aditivo y lo que usted padezca será lo máximo que pueda padecerse en la tierra. Peu importe la qualité du problème. Preocuparse ante una dificultad no hace ningún bien y hacerlo cuando la situación es grave no tiene mucho sentido. Don‛t worry, be happy and carpe diem. Esos tibetanos deberían gobernar el mundo. O al menos la ONU. Pero como hacérselo entender a quién no pasa de una letrina mediocre. Ojalá la gente leyera más. Un ejemplar de otras inquisiciones para todos, un diccionario y el encierro. Problema terminado.

― Lo entiendo señora. Estoy gestionando algo mejor, pero lleva tiempo. Ya sabe usted como son estos políticos de hoy. ¿Pudo ir de cuerpo finalmente?

― Si, bendita sea esta vida. Lo que pasaba es que no toleraba estar sentada más de diez segundos en ese orinal lleno de moscas. Cuando llegué aquí no hizo falta más laxante ni ciruelas, me sentí en el palacio de invierno.

 

Si vieras las mezquitas de los reyes o el baño de mi casa. Supongo que el Hermitage debió ser parecido. Sino hubieran sido tan cómodos seguirían teniendo zares. Selección natural, no hay que interponerse. Quien nace rodeado de yates anhela una isla mientras que quién nace en un hospital del estado no pasa de un cargo público. Nuestra idiosincrasia se gesta desde el útero, solo los iluminados anhelan lo que va más allá de su horizonte. Por eso usted se conforma con este diseño del 50. A decir verdad, todos deberían pasar hambre una vez en su vida, así dejarían de ser tan ingratos y codiciosos.

― Sí qué se yo, es bastante lindo y lo mantenemos limpio. Hay que cuidar lo que es de todos. Bueno, quería decirle que puede quedarse todo el tiempo que sea necesario y cualquier cosa que precise me lo hace saber. En cuanto tenga noticias de lo suyo le cuento.

― Gracias, usted es el único que me entiende. Si le contara el sueño que tuve anoche.

 

Sueños, sueños… Sueños eran los de antes. El Dalai Lama vio como quemaban su pueblo natal y no tardó en suceder mientras que Coleridge soñó con una rosa que al despertar continuaba ahí ¿Cuántas veces los míos se desvanecieron y me transportaron a esta cruel realidad? Dudo que esta sea de la casta Gyatso, ora porque alguien se hubiese dado cuenta, ora porque toda una generación se vería traicionada. Además, habría dado alguna señal o tendería a mirarme desde lo alto. 1951. Esos chinos dan asco, pensar que acá hay unos, al igual que todos los imperialistas, en especial los ingleses que se la dan de guapos entrando y saliendo cuando les conviene. No son más que a bunch of opportunists. Critican mucho a los muchachos del norte, pero no saben un carajo de historia. Idealismo argento barato. Ese camus con minúscula no entiende nada, absurdo es Kafka no un asesino con síndrome amotivacional. No los juzgo pero creen ser Les créateurs de tous les arts. Que falta de sentido la vida misma. Lo que sucede es que pasan unos segunditos, nos asustamos y retornamos a la realidad. Esa debe ser, perpetuada en el tiempo, la iluminación. Si Joyce se metiera en mi mente. ¿Alguna vez vas a decir algo nuevo o vas a pasártela parafraseando autores? ¿No es la literatura la obra de un mismo espíritu?

― Bueno usted sabe que Freud les daba harta importancia a las experiencias oníricas por lo que, si bien solo puedo estar 10 minutos, la escucho ansioso. ¿Quiere un café?

― ¡Oh Doctor! ¿Cómo se atreve? Tampoco es que quiera abusarme.

― Se ha cometido el crimen de alimentar con paella y mollejas a un paciente, por lo que un poco de cafeína no nos va a condenar.

― Voy a tener que pasar, me siento un poco descompuesta. Tal vez más tarde pero igual gracias.

― Le agradezco la sinceridad. No la interrumpo más.

― Bueno es raro porque por lo general suelen ser bastante surrealistas, algo así como un cuadro de Dalí o de Xul Solar, pero este se destacaba por su nitidez. Similares a los que predijo un escritor argentino diciendo que algún día soñaríamos sueños más precisos que nuestra propia vigilia. Y así fue, se lo juro. De repente me encontraba en una sociedad igualita a esta, mismo pueblo, misma fecha, misma gente. No sé si el antecedente de jamás haber llevado a cabo un periplo, reduce mis ideas a este lugar o si nuestro pueblo es el único punto del globo que, por su bizarría, puede servir de escenario para lo que estoy a punto de relatar.

― Es probable.

― Pero lo dudo. Me inclino más por la teoría determinista de que todas nuestras experiencias influyen en nuestros actos y pensamientos. La cosa es que venía al hospital a consultar por una cefalea y me mandaban a una puerta que nunca había visto, como si se tratase de un relato kafkiano pero sin ujier.

 

Esto es increíble. No tienen educación ni dónde cagar y se clavan un monólogo de esta categoría. Seguro me está boludeando y alguno de los ridículos de mis compañeros le escribió todo.

― ¿Me escucha Doctor?

― Sí, sí. Disculpe, me perdí por un momento.

― No hay problema. ¿Quién no ha disfrutado alguna vez de la abstracción a la que nos conducen los pensamientos más variados? Bueno, al entrar al pasillo en el que se halla esta puerta, veo y sé cuál es la que debo abrir, pero por no sé qué razón continúo un poco más y entro a otra. Allí doy con usted que, sin detectar mi presencia, le dice a un colega suyo: “es evidente. No más hipótesis, no más pruebas. Il faut l’étaler”. Su compañero le sugiere prudencia, pero usted parece estar en la carrera por el Nobel y la portada del Times por lo que lo manda al carajo y empieza a telefonear gente. Yo me asusto y regreso a mi casa, duermo 3 horas durante las cuales sueño, con tanta o más nitidez que anteriormente, esta misma conversación.

 

Ahora resulta que tiene una migraña.

― ¿Se encuentra bien?

― Si, disculpe. Tuve un dejá vu.

 

Denzel Washington. Fences, Hombre en Llamas, glory.

― Prosiga.

― Al levantarme el escenario es el mismo, mi desgraciada vida dentro de mi derruida casa. Pero algo me dice que un suceso importante ha acontecido. Prendo la tele y allí está, el mundo entero hablando de nuestro pueblo y de usted.

 

Bueno si alguien lo inventó hay que darle un premio porque es plausible.

Loable es un sinónimo.

Jodeme que me está leyendo la mente.

― Disculpe, me perdí.

― No, no se perdió porque no dije más nada. Me di cuenta de su mente errante.

― Por favor siga antes de que me despierte.

― La cosa es que lo que usted había descubierto, era la causa de la homosexualidad y era algo extremadamente simple.

― ¿Qué era?

― La incorporación en la dieta de los niños de leche de vaca mal pasteurizada. Al principio lo tildaron de católico y conservador, pero cuando presentó las pruebas, nuestro pueblo se volvió el nuevo Ispahan. A los pocos días empezó a generarse controversia pues, si bien ser homosexual no es nada malo, no es algo que la gente prefiera. Se crearon entonces campañas “de prevención”, lo que despertó la ira de la comunidad LGBT y progresistas, pues acusaban a esas operaciones de ser segregacionistas y demás términos englobados dentro de la discriminación.  Usted trató de conciliar argumentando que las vacunas y otros métodos también buscaban vencer la selección natural, pero, al ser un tema sensible, lo tildaron de fascista y le enarbolaron una campaña de desprestigio. Negado a quedarse de brazos cruzados, usted tomó una postura más dura y los tildó de hipócritas. Les reprochó no estar en contra del aborto siendo esto otra forma de controlar quién nace y quién no. Por un tiempo los mantuvo en silencio, pero los reproches, debates, tertulias y persecuciones no tardaron en aparecer llevando finalmente a una guerra civil.

― ¿Y?

― Nada, en ese momento me despertó usted.

― No puede ser.

― Bueno, pero es. Le robé más de diez minutos así que vaya tranquilo.

 

El 90% de las veces mentimos para librarnos de ustedes, y por esos engaños nos perdemos este tipo de historias. No sé bien qué nos lleva a obrar de esa manera ya que nada importante nos urge, simplemente sentimos la necesidad de estar ociosos, ver las redes, tomar un café, responder un texto. El mundo está en decadencia. Y que no se juzgue esto como una simple afirmación parcial ni se la compare con el vendedor de boquillas de ámbar propuesto por Ortega y Gasset. Nuestra autodestrucción es inminente, solo se salva el egoísta.

― No se preocupe, me acaban de avisar que no era tan importante.

― Pero si no ha visto el celular y el interno no ha sonado.

― Me lo comunicaron antes y se me olvidó por completo.

 

Otra mentira. ¿Cuántas llevas acumuladas hoy? ¿Cómo sería este planeta si un acto tan evitable fuese imposible? ¿Un lugar mejor, peor o más de lo mismo? Habré de revisar en la historia de las novelas distópicas si existe tal cosa y sino, es una gran idea para llevar a cabo. Una serie diría un moderno. Yo me quedo con los libros. Algo así como que un día un hombre se levanta y le es imposible mentir. Se empieza a sentir hostigado por quiénes lo rodean, pero lo que sucede es que todos pasan por lo mismo. No digamos que es un virus porque está harto trillado. Tendrás que pensar bien cómo pasó de un momento para otro. A veces sospecho que es un acto involuntario, algo así como un mecanismo de defensa. Tu problema es que pensas mucho y lees poco, después te quejas de cada idealista que se te cruza en el camino, pero no haces nada distinto. Hay mucha ideología y poca biblioteca.

― Está bien. Bueno, lo dejo en paz porque tengo cosas que hacer. El celular no ha parado de sonar y mi sobrina me mandó unas fotos.

― No hay problema. Siga con lo suyo. A todo esto, ¿nadie se quejaba del control de natalidad?

― Por supuesto, le dije que entramos en guerra.

― Bueno si, pero no especificó.

― Pensé que un académico como usted podía abstraerse.

― Detrás de un guardapolvo se esconden más brutos que los que usted imagina.

― No quise ofenderlo.

― Para nada.

― Ah. En fin, una bella paradoja. Siempre me opuse a prácticas como la finalización del embarazo e incluso a los métodos anticonceptivos porque es lo que nos enseñaron acá, pero si se lo piensa bien no está mal controlar algunas variables. Fíjese en todos esos chicos que son maltratados y abusados. ¿Para qué traerlos al mundo? Detrás de cada virtuoso que se salvó hay mil vivos que no escaparon a la estadística. Lo cómico es que los detractores no levantan la mano cuando hay que hacerse cargo. Debería ser ley el adoptar un chico por cada uno que se tiene. Demasiada moral y mucho Dios. Qué le vamos a hacer, ya vendrán otras religiones y otros cultos. El mundo no está en decadencia, está en continuo avance.

― La verdad. Bueno, que se mejore. Le aviso en cuanto sepa algo.

― Gracias.

 

Ese día dejé de trabajar y me fui a dormir, buscando que esos sueños me llegaran. No buscaba la iluminación ni la sociedad de las mentiras muertas sino un simple reencuentro conmigo mismo ―a la manera del relato “El Otro”, solo que sin el río a nuestros pies―, ergo con los muertos, una canción de Lana del Rey y un trago de maracuyá como telón de fondo. Que surgiese un debate de cuanto hemos cambiado para volver a cambiar y terminar siendo otro, pero el mismo. Reírnos de los aciertos y los desaciertos, de las contradicciones y las memorias, y las memorias de estas últimas. De los sueños que fueron y los que perecieron. La vida no es más que un círculo, hinduismo, budismo, panteísmo o circulismo. Llámeselo como quiera, hasta que los extremos no se tocan no terminamos de entendernos. El río de Heráclito siempre estará y si esos sueños no me tocan, deberé suplirlos dedicándome unos minutos al día, solo para mí, sin tareas pendientes ni ideas parasitarias. Como dijo Bertrand Russell, es menester permitir momentos de intuición para encontrar sabiduría en los tiempos más mundanos.

FRAGMENTO DE LAS CARTAS QUE NATALIA GONCHAROVA JAMÁS LEYÓ

El olor del café hoy no trae su dicha.

Enfrente te hallás y ya fluye desdicha.

Un beso me das, no me siento lozano

Suenan las campanas, ya parte el expreso.

Espero recuerdes los versos de serrano,

Y jamás olvides el camino de regreso.

Materia, energía y esmero.

Dieron la célula y dieron el mundo.

Hawkins, Dawkings y el relojero

Explicaron las claves y marcaron el rumbo.

Lo que sí (¡mi vida!) ellos nunca entendieron,

Es que de mi universo sos vos el demiurgo.

Las luces se esfuman junto con tu carruaje,

Yo le doy la espalda  y empiezo otro viaje.

Pero falta algo. Un cariño, un rumor, un canto.

El auto está tan vacío y tan lleno de espanto.

(Perdón Jorge por el plagio, pero tiene cierto encanto).  

Mi amor: solo así me doy cuenta que te amo tanto.

UNA DISPUTA ENTRE ULYSSES GRANT Y ROBERT LEE CON LAO TZE COMO MEDIADOR

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Desazón. No hay otra palabra ni otro sentimiento. Puede durar minutos, horas o días. Pero el caso es que está ahí, presente. No es indispensable repetirlo, pero igual lo hago. La calidez de las relaciones humanas, de esas relaciones que no cuentan con silencios incómodos, tiene algo negativo y es que, una vez que la distancia se interpone, la ausencia del otro nos transmite dolor. Este último, que por momentos se torna insoportable, nos prueba que aún seguimos vivos, que amamos, reímos, sufrimos y lloramos, que no nos hemos convertido en lo que siempre aborrecimos. Por esto y muchas otras cosas concluyo que, dentro de cada hecho negativo, existe uno positivo y viceversa…

El caso es que esa noche no pudimos dormir. Incomodidad, calor, frío, bruxismo, pesadillas, terrores y hasta algo de sonambulismo. Al otro día, no es imprescindible aclararlo, despertarse fue más difícil que nunca y la alarma fue pospuesta innumerables veces. La última, o la primera, me hicieron reconocer que era tarde y recordar que vivimos en un mundo de obligaciones. Faltando tres minutos para entrar al trabajo, me levanté, me puse la primera ropa que encontré, olvidé la mitad de mis pertenencias y, con los dientes sucios y un nido de aves en la cabeza, partí en mi motocicleta.

Como si fuera el colmo y todos los astros se alinearan en mi contra, mientras adelantaba un camión para llegar lo antes posible, las barreras del tren se me cerraron como tantas otras puertas. No tuve tiempo de reaccionar, tendría que aguardar, sopesando las consecuencias, quince largos minutos. Decidido a labrar mi propia suerte y escapar a todo tipo de determinismo, tomé un camino alternativo de ripio que, más allá de sus baches, me depositaría en mi consultorio en menos de diez minutos.

A mitad del recorrido ―malditos astros―, una piedra muy grande se interpuso. No es que viniera caminando ni nada menos pero allí estaba, obstruyendo la vía.

Raro ―pensé―, tuve que hacer varias maniobras para sortearla. En el momento en que me disponía a acelerar, una voz terminó de alterar mi paciencia.

 

― Espere joven–dijo un anciano que yacía al costado, en un camino oculto que me recordó al de la habitación de Titorelli―, preciso de su ayuda.

― Disculpe hombre –contesté―, pero le juro que no puedo.

― Por favor ―replicó―, nada puede ser más importante que esto.

― Es que estoy apurado y voy a llegar tarde. El patrón me mata.

― Usted no tiene el aspecto de quien tiene un patrón.

― Términos locales supongo. Me tengo que ir, lo siento mucho.

Yi yin, yi yang, zhè wei tao.

― ¿Cómo dice?

― La ladera oscura y la ladera luminosa.

― Mire señor, no es el momento de ponerse metafórico. De verdad que tengo que partir.

― En todo lo malo hay algo bueno y en todo lo bueno hay algo malo.

― ¿Qué tiene que ver eso con mi ayuda? No me venga con sinología barata. Ese círculo ya lo vi mil veces.

― Lo vio, no lo dudo. ¿Pero lo interpretó? ¿Siguió su vida teniéndolo en cuenta? ¿O es de los que gimotea ante cualquier adversidad?

― Depende el momento.

― Hoy es el momento. Venga, ayúdeme, necesito mover esta roca.

― ¿Pero qué está haciendo?

― Labrando caminos. Dándole algo a esta tierra rica que tanto provee y que tantos han saqueado. El que sea tan seca no me ha dejado otra opción, sino plantaría árboles hasta cubrir el mundo entero.

― No entiendo nada.

― Debería ser más instruido. Lao Tze, ¿le suena algo ese nombre?

― El filósofo.

― Exacto. Padre del taoísmo.

― ¿Y?

― Entre las buenas acciones que podemos realizar, se encuentra el darle algo a la naturaleza, plantar árboles o al menos labrar caminos.

― Suena bastante estúpido.

― No sea insolente. Si todos fuéramos así el mundo sería un lugar mejor.

― Si todos leyéramos el mundo sería un lugar mejor.

― No estoy tan seguro, hay literatura peligrosa.

― Por eso Qin Shi Huang les quemó todos los libros.

― ¡Ah! O sea que algo sabe. Me sorprende.

― Las personas crean estereotipos y no ven nuestra verdadera sensibilidad. Somos presos en nuestros actos pasados y de lo que la gente espera de nosotros.

― Todos podemos mejorar. Shih Huang Ti no era el ejemplo. Creó murallas, pero destruyó libros. Encerró a todos para ser el primero. Jugó a ser Dios. Respondiendo a su afirmación, no los quemó por ser peligrosos para la humanidad sino para sí mismo. No es la misma cosa.

― Delirios megalómanos.

― Algo así.

― Son bastante comunes en estos días, sobre todo de este lado del meridiano.

― Exacto. Usted habla de leer, yo habló de seguir cualquier estilo de vida oriental.

― ¿Qué le hace pensar que son un buen ejemplo? Los estilos de vida digo.

― No aclare. Los cánones de las religiones son similares en todos lados, lo que pasa es que en occidente se dedica demasiado tiempo al culto y eso conlleva al fanatismo. Por supuesto que en nombre de las deidades todas las razas han hecho atrocidades, pero la frecuencia es considerablemente menor si se camina hacia al este. Hoy ya no existen los cristianos sino los visitantes de iglesias semanales que en la semana se dedican a mirar escaparates.

― ¿Y de dónde viene tanta sabiduría si se puede preguntar? No son ideas que no haya digerido las que enuncia.

― Así como el pintor introdujo al escritor, el relojero introdujo al campesino.

― Estas parábolas me están matando. ¿Qué pintor, qué escritor, qué relojero? Intuyo que el campesino es usted.

― Bien intuido. Los dos primeros son contemporáneos así que queda en usted encontrarlos. El último, un anciano relojero que conocí en Rivera. Nunca me cerró mucho que practicara tal profesión ya que los engranajes estuvieron siempre llenos de polvo y él daba más con el perfil de anacoreta.

― ¿Y cómo llegó un hombre como usted a la casa de un viejo en provincia? Ya que nos estamos conociendo me tomo el atrevimiento de preguntar.

― Bueno, en ese entonces era un ferviente chovinista y transitaba una cruzada por nuestro país buscando argumentos que ningún liberal pudiera refutar. Con el tiempo me di cuenta de lo estúpido que era, pero eso es otra historia. No me arrepiento de nada ya que, como le dije al principio, detrás de la montaña oscura se encuentra la mitad luminosa.

― Pensé que era una ladera.

― Sinología barata. Muta permanentemente.

― ¿Esto es un sueño?

― Hombre, cómo va a ser esto un sueño. No hay una vigilia más pura que la de hoy. ¿Sabe usted que durante nuestros momentos oníricos no nos movemos, de manera que el organismo no se lastime mientras las imágenes transcurren por la mente?

― ¿Cómo sabe todo eso? Esto no tiene ningún sentido ni conexión. ¿No se suponía que debía ayudarlo a mover una piedra? Me ha hecho perder el tiempo y no tengo toda la vida porque, no sé si se dio cuenta, pero no soy inmortal.

― Es inmortal quien recorre su longevidad en armonía. Dele vueltas a la frase cuando tenga tiempo y quizás un día lo sea. Vamos, movamos la piedra.

 

Cuándo me dispuse a ayudarlo, noté en su piel una jovialidad inaudita. No sé por qué pensé, mientras hacía un esfuerzo sobre humano para no mancharme la ropa, que todos los actos de nuestra vida carecen de sentido, que de nada sirve buscar un significado supremo pues jamás lo encontraremos ― millones de años de pensamiento lo confirman― y que solo nos resta transcurrir nuestra corta estancia de la mejor manera posible, en paz y armonía con nosotros mismos. Interesantemente, me sentí extraño por un segundo, pero rápidamente volví a la realidad.

― Yo creo ―me comentó el anciano―, que eso pasa porque una fuerza superior no nos quiere metidos tan adentro. Si lográramos ese estado mental por más de unos minutos, el mundo sería un caos.

― Perdón, ¿cómo dice?

― Vuelva a concentrarse en sus pensamientos, es la mejor manera de meditar. No se necesita sentarse en posición de loto y elevar las manos, se necesita dedicar toda la atención a una sola cosa. Lea, observe, escriba.

― He escrito un solo libro y lo modifiqué tantas veces que ya es idéntico a otro, que transita por las librerías del mundo.

― Más de uno lo ha hecho y ha omitido el error. Lo suyo es un gesto de grandeza. Gracias por la ayuda.

― Gracias por nada. Adiós.

 

Al llegar, tenía 5 llamadas perdidas. El jefe, iracundo, no escatimó energías en destrozarme. El favor al campesino me saldría caro. Me di una vuelta por las habitaciones para saludar y ver como estaban los internados. Todo había transcurrido con normalidad y el resto del día no se presentó diferente. Por la noche, mientras cumplía la primera de mis tres guardias castigo, la enfermera se presentó en la sala manifestando que había un individuo algo raro, que jamás había visto y que venía porque se hallaba algo triste.

Al entrar en el consultorio no pude disimular mi sorpresa, pues se encontraba ante mí un ser antigaussiano: demasiado alto, algo gordo, con rasgos toscos y extremidades largas, como si aquejara cierto grado de gigantismo. Más allá del calor del estío, usaba una camisa de lana abotonada hasta el cuello. Me consulto sobre donde podía encontrar trabajo y le sugerí dos o tres fábricas de alrededor. Me comentó que hacía años que no daba con algo estable y que por esa razón había vagado por el mundo. Cuando pasamos al examen físico, se desprendió los botones y dejó al descubierto infinitos tatuajes. Como no pude contener mi curiosidad, esa noche me contó mil historias.

Es curioso. Por levantarme tarde me conocí al viejo y por hablar con él me castigaron. En la penitencia me topé con el gigante y con sus relatos escribí mi segundo libro. Debo ser el único que, no deliberadamente, ha producido dos obras que ya han sido publicadas por otros.  De seguro esto me traerá más de un problema legar y habrá que esperar si de mis visitas a los tribunales se genera un hecho fortuito y en este último doy con otro negativo. Tal vez me encuentre algo condicionado y no sean más que puras interpretaciones las que me llevan a enhebrar una cadena interminable pero también puede que los hombres de oriente tengan razón.

 

 

 

ERICH FROMM Y EL CASTILLO DE DINAMARCA

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Cuando te divisé una tarde (sin acaso conocer tu nombre),

Comprendí que el amor mi puerta había golpeado.

Quise ser un erudito, quizás también un superhombre,

en el afán de que una mañana despertaras a mi lado.

 

Durante meses me instruí en las artes:

Música, literatura y cine ocuparon mis tardes.

Por las mañanas visité galerías, museos, anaqueles y otras cosas,

En una de esas tertulias leí que era bueno presentarse con rosas.

 

La noche que te conocí, no supe por dónde empezar,

Pues si sobre algo no entendía nada era sobre amar.

Me tomaste de la mano (depositaste tu confianza en mí)

Con el correr de las horas corroboré que eras un rubí.

 

Caí entonces en la cuenta de que nada comprendía,

Por más tiempo dedicado, de real experiencia carecía

Para el amor verdadero se necesita más que conocimientos,

A pesar de tantos años, todavía no afirmo los cimientos.

 

En este arte nada es certero. No hay verdades ni razón,

por experiencia lo afirmo: estaba en lo cierto Erich Fromm.

Tuve que recomenzar y a tu lado aprender todo de cero,

Al igual que Dios, en algún momento, junto a un viejo relojero.

JOHN STUART MILL EN UN CUADRO DE XUL SOLAR

Nunca me gustaron las despedidas. Il faut l’admettre. El sabor amargo y la pesadumbre son, a pesar de lo que uno espera, siempre idénticos. Pero a pesar de tanta congoja, considero dichas sensaciones como algo positivo pues dan prueba de que todavía nos resta amor y no nos hemos convertido en los insensibles que nunca esperamos ser.

A través del vidrio diviso sus caras, ellos aguardan con estoicismo. Sé que detrás de esas sonrisas se esconde una fuerte melancolía pero hay que demostrar fortaleza, o al menos eso les enseñaron. Ella está a mi lado y el abrazo de nuestras manos intenta apaciguar menos al otro que a nosotros mismos. Yo también soy víctima de esta cultura, y con el semblante serio levanto el pulgar. Impasibilidad ante todo.

Que relativo que se torna el tiempo: el ómnibus comienza su marcha y los últimos pasajeros, que probablemente aguardaban la salida abajo, suben y se colocan en sus asientos. A medida que avanzamos, empiezan a agitarse interminables manos que parecen fundirse en una sola y nos dan la despedida en conjunto. Adentro, si se presta atención, no ocurre algo muy diferente.

Ya en la ruta, con las lágrimas secas, la tensión merma un poco. Le suelto la mano, le doy un beso y me recuesto. Los problemas de la filosofía me acompañan en el trayecto, Russell no podría ser mejor profesor. De repente, percibo que me rodea un grupo de individuos, de esos que uno siempre prefiere soslayar, ora en un viaje, ora en la vida. Y la razón es más sencilla de lo que uno cree: no son más que un fiel reflejo de nuestra infiel república: ordinarios, machistas e ignorantes. Apasionados por el sexo y el fútbol. Me pregunto con frecuencia por qué la sociedad no dedica más tiempo a las artes o a la introspección, pero cuando choco con estas paredes, recapacito que el mero hecho de que trabajen es ya un logro en sí mismo.

Las horas, las canciones y las películas pasan. Lo que persiste es mi enojo producido por su insensibilidad: gritos, insultos y movimientos de un asiento a otro. El resto de los pasajeros no parece estar mejor, simplemente han decidido ignorarlos. Será por eso que hay tantos auriculares puestos. Nos une el espanto pues enfrentarlos podría tornarse harto disgustoso.

Hay entre ellos uno que destaca. No por su belleza ni sus virtudes sino más bien porque parece ser su líder, ya que es el único que realmente ha hablado desde que partimos ―los demás se dedican a asentir y reírse de tanto en tanto―. Este, que yace a mis espaldas, se incorpora. No lo veo pero lo percibo, como si un sexto sentido se despertara. Camina unos pasos y se topa de frente con la azafata. No tiene una mejor idea que rozar con su vientre las nalgas de esta última, que humillada mira hacia otro lado. Colérico, me armo de valor y me preparo para la batalla. Está decidido, en cuanto salga del baño lo intercepto. Razono distintas formas de abordarlo pero no logro encontrar otra que la pugna directa.

Al verlo regresar, mientras sube por la escalera, me incorporo. De imprevisto, noto como de su bolsillo saca un reloj, similar a los de antaño, de oro -o al menos dorado-, que pende de una hermosa cadena en la que una luna menguante se une en su otro extremo. Antes de que pueda decir nada ―y algo hipnotizado por tan bello objeto― el salvaje presiona el botón que el artefacto tiene en su parte superior. En ese momento una sensación singular me invade. El silencio es atroz, como nunca antes lo he padecido. Su intensidad lo desfigura y lo vuelve peor que el más cruel de los ruidos. Él, asustado, me vigila. En cuanto me muevo mínimamente palidece y comienza a apretar el botón innumerables veces. Nada pasa. Resignado, confiesa:

― Al parecer sos de los míos. Es raro, siempre me doy cuenta de antemano.

― ¿Perdón? ― contesto queriendo que el receptor del mensaje sea otro ―.

― Y un novato. Esto no podría ser mejor. Mirá a tu alrededor.

Caigo en la cuenta de que nadie se mueve, ni siquiera ella. La televisión está congelada y el micro se ha detenido.

― ¿Paraste el tiempo? ―le pregunto―.

― No, en realidad lo desaceleré. Y no fui yo, sino este cacharrito. Pensaba sacarme algo para comer sin que me vieran, pero ahora tengo testigos. Si no decís nada podemos ir a medias.

― Me parece que vas muy rápido. ¿Qué está pasando?

― A mí me parece que vos sos tonto.

― Cuidado…

― Perdón. Mirá, este reloj tiene un botoncito que cuando lo aprieto todo pasa más lento. O, si lo querés ver de otra manera, nosotros nos movemos mucho más rápido. No me preguntes cuál de las dos situaciones es la real porque nunca me puse a estudiarlo, pero estimo que la primera porque desde que me lo obsequiaron en Teheran he notado que envejezco lentamente. Tengo la teoría de que el tiempo que acumulo en este estado se me agrega como tiempo de vida.

― ¿Teheran? Nunca hubiese imaginado que un tipo como vos salió alguna vez del campo. No te ofendas.

― No hay problema. Las apariencias engañan. Si, Teheran. Antes de devenir en lo que soy ahora solía vender alfombras y de tanto en tanto hacía cruzadas para contactar productores. La última vez que fui un fabricante me lo obsequió. Dijo que eran hechos en Samarcanda y que no tenía interés en vivir más de lo que le tocaba. Con el tiempo lo entendí. En fin, hay unos 4 o 5 dando vueltas y yo tengo uno. Los que los poseemos no nos vemos afectados cuando se activan, ya seamos nosotros u otro usuario el que pulse.

― Por eso…

― Por eso pensé que vos eras un miembro de la secta. Claramente algo falló. Dicen que tienen mil años así que no me extrañaría. Y si no, vos llevas uno encima y no te has dado cuenta.

― No creo. Tengo este y dudo que detente superpoderes. ¿Y qué solés hacer con él?

― De todo un poco pero fundamentalmente robar. Típicamente lo hago a escondidas porque, si bien podría delinquir a la vista de todos, a sabiendas que escapar no es ningún problema, prefiero no levantar sospechas. Pero este artefacto es una maldición. Uno se cree infalible.

― ¿Cómo?

― Durante la vigilia, es decir cuando el tiempo transcurre con normalidad, elijo vivir al límite. Si prestaste atención, te habrás dado cuenta. La gente sabe que si rompe las reglas tarde o temprano va a salir perdiendo por lo que yo he decidido atravesar esta etapa de mi vida caminando sobre la delgada línea de la legalidad. No sé si me gusta o no, pero voy probando estilos y rutinas, lo que sea para no aburrirme. Eso te vuelve ruin y despiadado. De ahí lo de infalible.

― Cómo no me voy a dar cuenta. Te estaba por increpar. Justificado o no por vos mismo, es totalmente inmoral tu comportamiento.

― Es moral, parafraseando al muchacho de Illinois, lo que nos hace sentir bien e inmoral lo que no. Si cuando muera tengo que ir al cielo o al infierno, de seguro no será mi decisión y además, me da lo mismo. El paraíso tiene fama de ser un lugar tan aburrido que sus propios ciudadanos se van de paseo, de tanto en tanto, a los otros círculos. Es entendible. Imaginate caminar todos los días entre chupa sirios y sirvientes de las escrituras, te pegás un tiro. Yo necesito más acción muchacho.

― No sé si estoy de acuerdo. Siempre sostuve que uno puede hacer lo que quiera en cuanto no afecte a un tercero y, por experiencia lo afirmo, es casi imposible no involucrar a otro en nuestra vida. Por más misántropo que seas, siempre hay alguien para darte una mano, aunque sea este estado corrupto con sus servicios públicos. Si no le cagas la vida a alguien le generas un costo al sistema. No es que me importe, pero quiero probar mi teoría. Por eso estoy en contra de legalizar las drogas, por ejemplo.

― Hace rato que dejé de lado las máximas kantianas y esa pelotudez stuartmilliana. Si vos te propones desarrollar tu vida sin dañar a otros, vivirás sumergido en la hipocresía. ¿No son terceros otros seres vivos como plantas, insectos y animales? ¿No los estamos perjudicando al comerlos cada día o al contaminar el ambiente? No me digas que nunca mataste una araña solo porque no te gustaba.

― Estás planteando algo utópico. En ese sentido lo más que se puede hacer es ser moderado, de cualquier otra forma seríamos incompatibles con la vida.

― Moderación las pelotas. Esos son meros inventos de los indios y de las instituciones corruptas que se creen dueñas de la fe. Dogmas que inventan para mantenernos a todos en estado de latencia y que no se desate una revolución. O para justificar sus pecados. Yo te digo pibe, la gente cree en Dios porque se lo enseñaron desde chicos, nada más. Son pocos los que descubren la fe de novo. A esos, si es que algún día conoces alguno, prestales atención porque son los que valen la pena.

― O sea que para vos todo es una falacia y deberíamos vivir como si fuera el último día siempre, cagándonos en todos, sin la vanidad suficiente para que nos importe lo que piensen una vez que estemos muertos.

― Carpe diem baby. Es pura relatividad lo que nos rodea. Igual esto te lo cuento a vos porque sos un privilegiado. Normalmente me guardo mis teorías para mí porque si sembrase esta semilla en la gente adecuada, o errónea si lo ves desde otra perspectiva, se puede armar un quilombo bárbaro. Tendríamos no una sino miles de guerras civiles. Hay que ser un poco egoísta a veces.

― ¿Es un sueño esto?

― Nunca lo vas a saber.

― ¿Sos Dios?

― ¿Quién es Dios?

Apretó el botón de vuelta. Al segundo siguiente estaba en mi asiento, con los auriculares puestos y un antifaz para las luces. Le pregunté a mi compañera si había visto algo raro. Me dijo que no sabía ya que hasta ese momento había estado dormida. Miré hacia atrás y allí estaba, el relojero de Samarcanda, acostado, con sus ojos cerrados y una sonrisa lacónica maquillándole la cara.